Bienvenidos al Upper East Side de la ciudad de Nueva York, donde mis amigos y yo vivimos y vamos a clase, jugamos y dormimos -a veces con algún otro del grupo-. Todos vivimos en pisos enormes con nuestras propias habitaciones con cuarto de baño y línea de teléfono privada. No tenemos ninguna limitación ni de dinero ni de bebida, ni nada de lo que se nos ocurra, y nuestros padres casi nunca están en casa, así que disfrutamos de vida privada a mogollón. Somos listos, hemos heredado la belleza clásica, llevamos ropa fantástica y sabemos pasárnoslo bien. Todo eso no quita que nuestra mierda siga oliendo, como la de cualquiera, pero no se huele porque cada sesenta minutos una empleada pulveriza el cuarto de baño con una esencia purificadora que nos fabrica en exclusiva algún perfumero francés.
Es una vida de lujo, pero a alguien le tiene que tocar vivirla.
Las cenas de la madre de Blair eran famosas y aquélla era la primera desde su tristemente célebre divorcio. Aquel verano, habían redecorado el lujoso ático de los Waldorf de rojo oscuro y marrón chocolate, y estaba lleno de antigüedades y cuadros que hubiesen impresionado a cualquiera con conocimientos básicos de arte. En el centro de la mesa del comedor había una enorme ensaladera de plata llena de orquídeas blancas, flores de sauce y ramas de castaño, un arreglo moderno de Takashimaya, la tienda de artículos de lujo de la Quinta Avenida. Tarjetas doradas en los platos de porcelana indicaban a cada uno su sitio. En la cocina, la cocinera Myrtle le entonaba canciones de Bob Marley al suflé y Esther, la desaliñada criada irlandesa, todavía no le había volcado el whisky a nadie encima, gracias a Dios.
Aquella noche Nate llevaba el jersey de cachemira verde musgo de escote en pico que Blair le regaló para Pascua, cuando el padre de ella los había llevado a esquiar a Sun Valley una semana. Blair le cosió en secreto un pequeño corazón en el interior de una de las mangas, para que Nate siempre llevase el corazón de ella junto a su piel. A Blair le gustaba considerarse una romántica empedernida al estilo de las actrices de las pelis antiguas, como Audrey Hepburn y Marilyn Monroe. Se la pasaba reinventando el argumento de la peli en que actuaba en aquel momento, la peli de su vida.
-Te quiero -le había susurrado a Nate cuando le dio el jersey.
-Yo también -le respondió Nate, aunque no estaba seguro de si aquello era cierto o no.
Cuando Serena sonreía, usaba sus ojos, aquellos ojos oscuros, casi azul marino. Era un tipo de sonrisa que uno se sentía tentado a imitar, mirándose en el espejo del cuarto de baño como un imbécil. La sonrisa magnética, deliciosa de "no puedes quitarme los ojos de encima, ¿verdad?" que la mayoría de las supermodelos se pasaban la vida intentando perfeccionar, a Serena le salía de aquella manera sin siquiera intentarlo.
La familia Van der Woodsen al completo era así. Todos eran altos, rubios, delgados y con una ecuanimidad pasmosa. Todo lo que hacían: jugar al tenis, llamar a un taxi, comer espaguetis, ir al servicio, lo hacían de aquella forma ecuánime. Serena en particular. Ella tenía el don de ese tipo de calma que uno no puede lograr con sólo comprar el bolso ideal o los vaqueros perfectos. Era la chica que todos los chicos desean y todas las chicas desean ser.
Estaba deseando que todo volviese a ser como antes. Blair y ella irían juntas a clase, se pasarían la clase de fotografía en el Prado de las Ovejas de Central Park, echadas boca arriba, sacándole fotos a las palomas y las nubes, fumando y bebiendo coca cola y sintiéndose como artistas de renombre. Tomarían combinados en el Star Lounge del hotel Tribeca Star otra vez, y, como siempre, tendrían que quedarse a dormir en la suite que la familia de Chuck Bass tenía allí, porque acababan tan bebidas que luego no podían volver a casa. Se sentarían en ropa interior clásica en la cama con dosel de Blair a ver películas de Audrey Hepburn mientras bebían ginebra con zumo de limón. Copiarían en los exámenes de latín como siempre lo hacían; Serena todavía tenía tatuada en la curva del brazo con rotulador indeleble: amo, amas, amat, ¡Gracias a Dios que se llevaban las mangas tres cuartos! Conducirían la vieja camioneta Buick del encargado por la propiedad de los padres de Serena en Ridgefield, Connecticut, cantando los estúpidos himnos que cantaban en el colegio y comportándose como dos viejas chaladas. Harían pis en el portal de las casas de sus compañeras de clase y tocarían el timbre para luego salir corriendo. Se llevarían al hermano pequeño de Blair, Tyler, al Lower East Side y le dejarían allí para ver cuánto tardaba en volver a casa. Una obra de caridad, en realidad, porque Tyler era ahora el niño que más sabía de calles en St. George. Irían a bailar en grupo y perderían cinco kilos de tanto sudar con sus pantalones de cuero. Como si necesitasen perder peso. Volverían a ser las mismas, fabulosas. Serena no veía el momento en que esto llegase.
Se sentaron en el jardín y tomaron cerveza y fumaron. Nate llevaba un polo de manga larga y hacía mucho calor, así que se lo quitó. Tras pasarse horas en el puerto trabajando en el barco que construía con su padre en Maine, tenía el torso musculoso y bronceado, con unas diminutas pecas por los hombros.
Serena también tenía calor y se metió en la fuente. Se sentó en el regazo de la Venus de Milo y se salpicó con agua hasta que se le empapó el vestido.
No resultaba difícil ver cuál de las dos era la verdadera diosa. Venus parecía una pila de mármol amorfa comparada con Serena. Nate se metió en la fuente también y pronto se hallaban los dos arrancándose la ropa. Después de todo, era agosto. La única forma de soportar el calor en agosto es desnudarse.
A Nate le preocupaban las cámaras de seguridad que constantemente vigilaban la casa de sus padres por delante y por detrás, de modo que llevó a Serena adentro, a la habitación de sus padres. El resto ya se sabe.
Fue la primera vez para los dos. Fue extraño y doloroso y emocionante y divertido. Tan dulce que se olvidaron de la vergüenza. Fue exactamente como desearías que fuese tu primera vez, y ninguno de los dos se arrepintió de haberlo hecho. Después encendieron la tele, que estaba puesta en el canal Historia, y vieron un documental sobre el Mar Rojo. Serena y Nate se quedaron en la cama abrazados mirando las nubes por la claraboya encima de sus cabezas mientras oían al narrador del programa hablar sobre Moisés abriendo las aguas del Mar Rojo. A Serena le hizo mucha gracia.
-¡Tú has abierto mi Mar Rojo! -exclamó, riendo a carcajadas, y la emprendió contra Nate en las almohadas.
Nate se rió y la envolvió en la sábana como una momia.
-¡Te quedarás aquí como ofrenda a la Tierra Prometida! -dijo, con voz grave, como en una película de terror.
Blair se arrodilló junto al váter y se metió el dedo en la garganta lo más adentro que pudo. Los ojos le comenzaron a lagrimear y tuvo una arcada. Era algo que había hecho antes, muchas veces. Era asqueroso y horrible y sabía que no debería hacerlo, pero al menos se sentiría mejor cuando acabase.
La puerta del cuarto de baño estaba entreabierta y Serena podía oír las arcadas de su amiga.
-Blair, soy yo -le dijo en voz baja-. ¿Te encuentras bien?
-Enseguida salgo -dijo Blair cortante, pasándose la mano por los labios. Se puso de pie y tiró de la cadena. Serena abrió la puerta y Blair se dio la vuelta y le lanzó una mirada de furia-. Estoy bien -dijo-. De veras.
Serena bajó la tapa del váter y se sentó.
-No seas así, Blair -dijo, exasperada-. ¿Se puede saber qué te pasa? Soy yo, ¿recuerdas? No hay secretos entre nosotras.
-No teníamos secretos -dijo Blair, cogiendo el cepillo y la pasta. Comenzó a limpiarse los dientes con energía. Escupió un chorro de espuma verde-. Además, ¿cuándo fue la última vez que hablamos, eh? ¿En el verano anterior al último?
Serena bajó los ojos hacia sus deslucidas botas marrones de piel.
-Tienes razón. Lo siento. Soy una mierda -dijo.
Blair aclaró su cepillo y lo volvió a colocar en su sitio. Se miró al espejo.
-Pues, te has perdido mucho -dijo, limpiándose una manchita de rímel con la yema del meñique-. O sea, que el año pasado fue? diferente -había estado a punto de decir "difícil", pero "difícil" la haría parecer una víctima, como si apenas hubiese podido sobrevivir sin Serena a su lado. "Diferente" quedaba mejor. Le lanzó una mirada con una súbita sensación de poder-. Nate y yo nos sentimos muy unidos, ¿sabes? Nos contamos todo.
Vale, tía.
Las dos chicas se miraron un segundo con inquietud.
Chuck Bass, el hijo mayor de Misty y Bartholomew Bass, era guapo, con cara de publicidad de loción para después de afeitarse. De hecho, había actuado en un anuncio de British Dakkar Noir, algo de lo que sus padres se sentían avergonzados en público y orgullosos en privado. Chuck era el pibe más salido del grupo de amigos de Nate y Blair. Una vez, durante una fiesta cuando estaban en noveno, Chuck se había escondido en el armario de una de las habitaciones de invitados durante dos horas, esperando para meterse en la cama con Kati Frakas, que estaba tan borracha que no dejaba de vomitar en sueños. Y el tío se metió en la cama con ella igual. Tenía una perseverancia ilimitada e n lo que a tías se refería.
La única forma de tratar a un tío como Chuck era reírsele en la cara, cosa que hacían las chicas que le conocían. En otros círculos, a Chuck le habrían echado por ser un cerdo de primer orden, pero estas familias llevaban generaciones siendo amigas. Chuck era un Bass, así que no tenían otra que soportarlo. Hasta se habían acostumbrado a la sortija de oro con sus iniciales que llevaba en el meñique, la bufanda de cachemira azul marino con el monograma bordado que era su seña de identidad y las copias de su retrato en foto que llenaban las distintas casas de sus padres y se caían cada vez que abría su taquilla del Colegio Preparatorio para Varones Riverside.
Hacía más de un año que Serena no se cortaba el cabello. La noche anterior se lo había peinado hacia atrás, pero hoy lo tenía suelto y bastante desgreñado. La camisa óxford de chico que llevaba estaba gastada en el cuello y los puños y dejaba traslucir el sujetador color púrpura. Calzaba sus botas con cordones favoritas y sus medias negras tenían un gran tomate detrás de la rodilla. Lo peor de todo era que se había tenido que comprar un uniforme nuevo porque había tirado el viejo a la basura al irse al internado. Su uniforme nuevo era lo que más llamaba la atención.
Los uniformes nuevos eran lo que más odiaban las chicas de sexto, el año en que pasaban de pichi a falda. Las faldas nuevas estaban hechas de poliéster y llevaban unas tablas increíblemente rígidas. La tela tenía un brillo terriblemente hortera y era de un color nuevo: granate. Era horrible. Y Serena había elegido ponerse aquel uniforme nuevo de color granate su primer día en el Constance. Además, ¡le llegaba a la rodilla! Todas las mayores llevaban las mismas faldas viejas de lana desde sexto. Habían crecido tanto que les quedaban cortísimas. Y cuanto más corta era la falda, más guay era quien la llevaba.
Blair no había crecido mucho y se había hecho acortar la suya en secreto.
-¡Qué coño se ha puesto? -cuchicheó Kati Farkas.
-Quizá piensa que el granate hace que parezca de Prada o algo por el estilo -dijo Laura con una risilla.
-Creo que intenta hacer como una declaración, ¿sabes? -dijo Isabel-: "Miradme, aquí estoy, soy Serena. Soy hermosa y puedo ponerme lo que me dé la gana".
"Y puede", pensó Bair. Eso era una de las cosas que la indignaban de Serena: todo le quedaba bien.
Pero el aspecto de Serena era lo de menos. Lo que Jenny y todas las demás querían saber era: "¿Por qué ha vuelto?".
Todas estiraron el cuello para mirarla. ¿Tenía un ojo negro? ¿Estaba embarazada? ¿Parecía colgada? ¿Le faltaba algún diente? ¿Había algo diferente en su aspecto?
-¿Qué es eso, una cicatriz en la mejilla? -susurró Rain.
-La rajaron una noche en que traficaba con drogas -le respondió Kati-. He oído que le hicieron la cirugía en Europa este verano, pero no se la hicieron muy bien.